510. Objeto sin titular
Consta.
Una bolsa de churros queda sola en un asiento. Lo que sigue es un viaje burocrático donde el trámite importa más que el objeto, y donde nadie quiere ser responsable… hasta que el sistema decide lo contrario.
El 510 llegó con ese ruido que no es exactamente de motor sino de resignación. Subí con la convicción de siempre: que esta vez iba a viajar sentado.
Me senté al lado de una señora con una bolsa de papel. La bolsa tenía manchas de grasa que acreditaban la existencia reciente de churros, y un vapor tibio que luchaba contra el viento de Necochea con una dignidad innecesaria.
La señora bajó tres cuadras después. La bolsa quedó.
La observamos. Nadie se apresura ante un objeto solo: primero se lo deja ser.
A la cuadra siguiente, la tomé.
—Señor —le dije al chofer—, la señora se olvidó esto.
—Y bueno —dijo.
—Habría que devolvérselo.
Un hombre atrás intervino:
—¿Y si no es de ella?
La bolsa no presentó documentación.
—Estaba sentada ahí.
—Capaz la dejó —dijo, cerrando el caso.
Una mujer con bufanda abrió un ojo:
—Si la dejó, es porque no la quiere.
El argumento era sólido.
—¿Podemos frenar? —pregunté.
—No puedo —dijo el chofer—. Tengo horario.
El horario, como siempre, no estaba, pero se imponía.
—Entonces la llevo a la terminal.
—Objetos perdidos —aclaró.
Hubo un silencio administrativo.
En ese momento subió un inspector. No mostró credencial; la autoridad, cuando es verdadera, no la necesita.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando la bolsa.
—Churros —dije.
—¿Declarados?
—No.
Anotó algo en una libreta que nunca abrió.
—Objeto sin titular en tránsito —dictaminó—. Procede acta.
—Es para devolver —aclaré.
—Entonces es doble acta —dijo—: por intención de traslado.
El chofer asintió con alivio. El sistema empezaba a hacerse cargo.
—Necesito dos testigos —agregó el inspector.
El hombre de atrás se ofreció, satisfecho. La mujer de la bufanda también, sin abrir el otro ojo.
—¿Y la señora? —pregunté.
—Ausente —dijo el inspector—. Consta.
El colectivo avanzaba más despacio, como si acompañara el trámite con respeto.
En cada esquina parecía que iba a frenar por el expediente.
—¿Podemos retroceder? —intenté.
—No está contemplado —dijo el inspector—. Este es un servicio hacia adelante.
En la siguiente parada subió un policía.
—¿Qué pasa acá?
—Objeto sin titular —dijo el inspector.
—¿Comestible? —preguntó el policía.
—Potencialmente.
El policía miró la bolsa con criterio.
—Hay que verificar —dijo.
—¿Cómo? —pregunté.
—Prueba —respondió.
Abrió la bolsa. El vapor ya no discutía con nadie. Tomó un churro con la seriedad de un procedimiento.
—Está frío —informó.
—Consta —dijo el inspector.
—Entonces no es urgente —concluyó el policía, y comió otro para confirmar.
El hombre de atrás pidió intervenir como testigo técnico.
La mujer de la bufanda solicitó una segunda ronda para confirmar resultados.
—Se está alterando la evidencia —dije.
—Se está estabilizando —corrigió el inspector.
El chofer, mientras tanto, anunció:
—Próxima: Terminal.
El colectivo llegó. Bajamos todos, porque a esa altura todos éramos parte.
En una oficina con un cartel que decía “Objetos Perdidos” y otro que decía “No se reciben objetos”. Ambos parecían oficiales.
Nos atendió un empleado administrativo.
—¿Qué traen?
—Una bolsa de churros —dije.
—No estamos recibiendo —dijo.
—Paro administrativo —agregó el inspector, con una solidaridad institucional.
—Pero hay un acta —señalé.
—Entonces sí —dijo el empleado—. Déjenla.
—¿A nombre de quién? —preguntó.
—Ausente —dijo el inspector.
—¿Documento?
—No posee.
El empleado dudó. Era un buen profesional: no le gustaba la indefinición.
—Sin titular no puedo cargarlo —dijo—. Necesito un responsable.
Todos me miraron.
—Yo solo la encontré.
—Entonces usted es —dijo el inspector—. Por proximidad.
Firmé. La letra me salió más responsable de lo que esperaba.
—Perfecto —dijo el empleado—. Ahora, para retirarla, tiene que volver con turno.
—¿Para retirarla yo?
—Sí. Es el titular.
—Pero yo no la quiero.
—Entonces no la retire —dijo—. Quedará en guarda.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que alguien la reclame.
—¿Y si nadie la reclama?
—Pasa a disposición.
—¿De quién?
El empleado miró al inspector. El inspector miró al policía. El policía miró la bolsa.
—Del sistema —dijeron, de común acuerdo.
Salí de la oficina con un comprobante que acreditaba que había entregado algo que no era mío para que quedara a disposición de alguien que no estaba.
A la cuadra me di vuelta.
El policía salía con la bolsa.
—Seguimos con la verificación —me explicó.
Asentí. Era razonable.
Me fui caminando solo.
A la esquina, el viento hizo lo suyo.
Y por primera vez en todo el trámite, no había nada que documentar.



